Las armas de Fernando

La niña que nunca dejó el colegio

Un día Charito tuvo un sueño, un sueño que siempre tenía presente.

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Publicado 11 de Agosto

Charito tuvo un sueño
Charito tuvo un sueño Charito tuvo un sueño

Ella era una niña que dejó sus ríos, sus lluvias, su selva y sus animales, los domésticos y los salvajes.

Ella era bajita, de ojos saltones pardos y pelo castaño. Se llamaba Cristina y sus 9 hermanos la llamaban Charo. Hasta ahora le dicen cariñosamente Charito.

La trajeron desde Aramango, región Amazonas, al distrito de La Victoria, en la provincia de Chiclayo, región Lambayeque. A los 6 añitos ingresó al colegio a estudiar. Se despertaba muy temprano para poder peinar su largo cabello y tomar desayuno.

Ya no andaba descalza, ya no tenía al gallo, al pato ni al conejo cerca. Tampoco había cuyes cerca. Ahora tenía un dormitorio, una casa y se alistaba con el grito clásico de toda madre como fondo: “¡Levántate!, ¡al colegio!, ¡tienes que ir!”

Su madre, mujer de trabajo y de enraizadas costumbres del campo, criaba a sus 10 hijos con ayuda de su esposo y usando sus pequeños ingresos.

Así, Charito iba al colegio. No podía faltar, tenía sueños, tenía inteligencia y quería sobresalir.

El colegio era grande en ese distrito que también crecía día a día. Antes eran cientos de habitantes, ahora son miles y miles y sigue creciendo.

El distrito de La Victoria tenía calles anchas y polvorientas. Solo había dos colegios: el José María Arguedas y el 11025 o Víctor Andrés Belaunde. En este último estudiaba Charito.

Todas las profesoras veían a esta linda niña como una estudiante modelo: bien peinadita, bien cambiadita, y con su útiles bien forrados y ordenados. Su rutina, aparte de ir a estudiar, era jugar con sus hermanos y hermanas y ayudar a sus padres en su hogar.

Estudió toda su primaria en el 11025 y para secundaria tuvo que irse a otro colegio en el centro de la ciudad.

Estaba en secundaria, pero Charito no dejaba de ir a su colegio de primaria y las profesoras le preguntaban: “Hola, Charito, ¿cómo te va en secundaria?”. Ella respondía con un gesto de aprobación: “Muy bien” y se iba a las aulas de su colegio primario 11025, en el distrito de La Victoria.

Allí ella no dejaba que el tiempo se vaya, más bien el tiempo parecía detenerse.

Sabía que era su colegio, sabía que allí había crecido, sabía que era su hogar, sabía que sus hermanos y sus padres vivían allí, porque ellos eran los guardianes del colegio 11025.

Ella estudiaba su secundaria en otra escuela, pero volvía al 11025, su hogar, y ayudaba a su papá a limpiar las aulas junto a sus hermanos y dejar listo el colegio para recibir a los alumnos y profesores.

Charito también ayudaba a su mamá en el kiosko que funcionaba dentro del colegio. Ella comenzó a preparar papitas con crema a la huancaína. Su mamá Inés le enseño y ella, muy aplicada, tomó la receta, le puso un par de ingredientes de su inspiración y fue el plato que más se vendía.

Un día Charito tuvo un sueño: tener un colegio.

Soñaba que le decía a su papá, a su mamá y a sus hermanos: ¡Miren yo tengo mi colegio! ¡Acá tú, papá, no serás el guardián ni tú, mamá, serás la que vendas en el kiosko, ni ustedes, hermanos, serán los que tengan que limpiar!

Este sueño lo tenía siempre presente. Charito estudió para ser técnica de enfermería, laboratorio clínico, se casó y tuvo 2 hijos. Cuando llevó a sus hijos al nido recordó sus años de infancia y veía como sus hijos ingresaban al nido o jardín y quería estar dentro para recibirlos, como recibía a decenas de niños cuando era parte de la guardianía del 11025.

Cierto día, la promotora del nido donde sus hijos estudiaban le comentó que quería vender la propiedad jurídica de su nido y ella, Charito, quien siempre había soñado con tener un colegio, le dijo: “¡Sí, yo puedo!”

Es así que Charito juntó dinero, compró mobiliario, escogió un nombre y alquiló un local. Allí empezó a hacer realidad su sueño. Su hijo fue la primera promoción de su propio nido, el local alquilado no podía seguir siendo un gasto y compró un local propio. Junto a su esposo sacó adelante ese proyecto de promotores educativos.

Verla feliz y como dueña del colegio también hacía dichoso a su esposo.

Las trabas burocráticas, el poco alumnado al principio y la inmensa (desproporcionada) competencia no desanimaron a Charito. Ella siguió con su nido, que si bien empezó con 30 alumnos hace 15 años, hoy tiene una población de 170 alumnos en un terreno de 1,000 metros cuadrados con 3 niveles en el distrito de los Olivos, con 15 profesores y 5 personas en el área administrativa.

Charito es ahora una promotora educativa de prestigio, porque su experiencia de haber vivido en un colegio de niña la hace sentir como en su casa. Ella da amor, dedicación y calidad en el servicio a todos “sus niños”, como ella los llama, con el apoyo de profesores muy calificados.

Hoy, Charito está por cumplir 16 años como empresaria en el sector educativo y su corazón nunca salió de su querido colegio de primaria 11025.

Charito es mi esposa y la amo, porque ella me enseñó que los sueños y anhelos se cumplen.

Su escuela es la I.E.P. Bilingüe Kinderking, ubicada en la avenida Beta 2108, urbanización El Trébol, en el distrito de Los Olivos. Si van pregunten por Charo Fernández Cruzado De Armas, ella siempre está en su colegio.

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