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Lo inédito, lo póstumo

Publicado el 09 de Setiembre del 2020

Foto: difusión
Roberto Renzo

Roberto Renzo

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Muchos músicos que admiramos no se encuentran ya con nosotros. Ante la inminente publicación de material inédito, ¿a qué ideas nos enfrentamos?, ¿cómo se escucha a un artista que ya no decide por su obra?

Prince en una grabación con el piano de su estudio casero en Minnesota, las canciones de Amy Winehouse como remixes y lados B, el inicio de la gira de Gustavo Cerati presentando su álbum “Fuerza Natural”, Chris Cornell cantando un tema de Guns N’ Roses. Y podríamos seguir: hay muchísimos ejemplos de material inédito publicado de manera póstuma. Y su edición nos pone en una encrucijada; preguntas sin respuesta (o, peor, con demasiadas y contradictorias respuestas) que, muchas veces, nos ubican lejos de una posición clara y con más dudas que certezas.

Por un lado, por supuesto, es interesante acceder a la obra no editada de artistas que, lamentablemente, ya no están más. Temas nuevos, demos, registros en vivo, colaboraciones: todo resulta un caudal de información, un acercamiento que seguro de otro modo no tendríamos, y que en muchos casos llega casi sin esperarlo. Es inevitable sentirse atraído por este material, más aún si se trata de músicos a los que admiramos o que de alguna u otra manera consideramos especiales. Pero está también la duda. Están las múltiples preguntas que nos interpelan: ¿Con qué derecho es que podemos ingresar a la intimidad de un músico? ¿Por qué tenemos acceso a material que, en su momento, no fue completado o autorizado? ¿Por qué una maqueta, una remezcla o una canción inédita, llegan hasta nosotros con la misma vía libre con la que llegan los temas que ese mismo artista publicara en vida?

No voy a negar lo innegable. Con total honestidad, puedo decir que he disfrutado de mucha de esta música: me han emocionado las canciones de Luis Alberto Spinetta en los dos discos inéditos que ya han sido publicados por su familia (“Los Amigo”, de 2015; y “Ya no mires atrás”, de 2020); o he redescubierto a ese gran artista que es Leonard Cohen con los varios lanzamientos luego de su muerte. Pero hay algo extraño también... o un sentido de la intromisión, si se quiere. Es decir: Spinetta me conmueve, Cohen me cautiva, pero, ¿debería estar escuchando estas canciones? Si ellos ya no pueden tomar decisiones acerca de su obra, ¿por qué otros -y, en consecuencia, yo también- sí podrían?, ¿bajo qué amparo? ¿O soy yo que me estoy poniendo demasiado estricto, y que lo único realmente importante es la música?

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Un factor interesante a considerar aquí son los alcances de los derechos que las discográficas y allegados tienen respecto de la obra inédita del artista. En este punto, si la obra es creación del músico, ¿por qué un tercero podría tomar decisiones artísticas sobre tal material? Los derechos de publicación y comercialización son otra gran interrogante que queda abierta, pendiente de respuesta.

En tal sentido, podemos enfocarnos en algunos detalles que acaso se consideren menores, aunque no lo sean: la pertinencia de un arreglo determinado en un tema, la elección y el orden de las canciones en la edición, el título del álbum, el proceso de mezcla, el diseño gráfico, las fotos de promoción; ¿no son estas decisiones concernientes al artista? O vayamos a un caso extremo, pero cierto: en 2010, se editó “Michael”, el primero de los álbumes póstumos de Michael Jackson, lanzado por Epic / Sony Music y promocionado como una colección de temas inéditos grabados por él, pero que tiene tres canciones que -años más tarde- se descubrieron que fueron cantadas por un imitador. ¿Es así como se homenajea a un músico? ¿O es que el instinto del negocio es más fuerte? Los hechos, lamentablemente, parecen indicar que, en algunos casos, hay mucho de usufructo y aprovechamiento en la publicación de este tipo de material y, más bien, poco o nada de sincero reconocimiento.

Y como si fuera poca confusión ya, hay un tipo de contenido que empezó a tomar fuerza en los últimos años, y que acaso evidencia -más- el lado moral de este mismo dilema: los hologramas. Las figuras de Tupac Shakur, Roy Orbison, Buddy Holly o Whitney Houston, han sido mostradas al gran público como un gran avance tecnológico, así como homenaje merecido y regalo emotivo para los fans. Pero, ¿es legítimo usar la imagen de una persona que no tiene cómo dictaminar su consentimiento? O yendo a una cuestión más de fondo, ¿es que la imagen de un artista ya fallecido se convierte casi en propiedad pública y cualquiera puede utilizarla, aun para lucrar? Son demasiadas cosas por discutir.

Los artistas no deberían ser objeto de un tratamiento así. El valor de un músico en su sociedad no puede estar parametrado bajo el escrutinio del número de ventas: las canciones merecen más que eso".

He disfrutado de mucha música inédita publicada de forma póstuma, pero hay algo que siento que no se está manejando de la mejor manera (en quienes editan este material y también en nosotros, los consumidores). Y, si bien parece un eterno debate sin respuestas, podríamos intentar ver un poco más allá.

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