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Alicia Maguiña: Ser en el otro

Publicado el 10 de Agosto

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Roberto Renzo

Roberto Renzo

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¿Cuánto conocemos y valoramos en Alicia Maguiña? Cuando se habla de nuestra música, su nombre es poco mencionado, por lo que quizás exista una deuda pendiente con la cantautora que sería saludable saldar, no solo en pos de un válido reconocimiento a su obra, sino también para redescubrir aquello que llamamos música peruana.

Hay un aspecto central para la vida en comunidad: el valor del otro, con sus circunstancias y especificidades, y la capacidad para incorporarlo en nuestro propio mundo y percibirlo como tal. En su larga carrera artística, Alicia Maguiña ha utilizado la música para entender y realzar las manifestaciones de aquello vivo a su alrededor. La ha usado muy lejos de réditos comerciales o posturas impersonales: el fin ha sido -inalterable- poder ser ella mismo en el otro. Encontrar el pulso de cada expresión y hacerlo suyo: indagarlo, analizarlo, sentirlo parte de sí.

Esto se evidencia en su estudio riguroso de las diferentes formas musicales del país, un interés por lo genuino en la representación de las diversas culturas. Aquella acuciosidad en la investigación -uno de los ejes de su obra- se muestra claramente en su respeto por las reglas de composición e interpretación de cada uno de los géneros que fue cultivando. En el libro “Mi vida entre cantos” (la autobiografía editada en 2018 por el Fondo Editorial de la Universidad de San Martín de Porres y el Ministerio de Cultura), se destacan la marinera limeña y el waylarsh -con amplios análisis de la métrica, estructuras, ejecución de las piezas, disposición de los bailarines, incluso vestuario-, pero no dejan de estar presentes en su trayectoria también el tondero, el vals o la muliza. Todas estas expresiones han sido estrictamente estudiadas y puestas en valor como lo que son -la representación de cada uno de los pueblos-, generando un diálogo entre tradiciones que no hace sino enriquecer la experiencia propia como ajena: indagando y haciendo suyo el canto.

Este afán por las formas precisas de cada manifestación permite también el reconocimiento que la propia Maguiña hace de diferentes artistas que parecen ahora olvidados, pero que merecerían mejor consideración: Manuel ‘Canario Negro’ Quintana, los hermanos Elías y Augusto Ascuez, Bartola Sancho Dávila, Zenobio Dagha o Agripina Castro ‘Cusi Urpi’; figuras a quienes descubre e interioriza en un proceso que no parece -ni busca- cesar.

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Conocer de cerca las particularidades de cada género, el ritmo, las estructuras y cadencias: todo ello no hace sino clarificar su necesidad por hacerse parte de un otro al cual escudriñar hasta lo más profundo. Un otro que puede llamarse sociedad... o Perú. Podemos pensar ese deseo como una búsqueda de entendimiento del propio suelo que estamos pisando. De la celebración de lo afroperuano, pero también de las historias de esclavitud y racismo; o del color de las fiestas en la sierra, así como de esa hondura de sentimiento que nos interpela en ellas.

Entonces, no parece casualidad que uno de sus recuerdos de infancia en Ica (los cantos en quechua de las muchachas serranas que llegaban hasta la costa para buscar un trabajo, dejando atrás familia, recuerdos, tradiciones y raigambre), se convirtiera en el impulso para escribir años más tarde “Indio” (1963), acaso una de sus composiciones más logradas y sentidas. En su libro, Alicia señala que su obra nunca tuvo un contenido esencialmente político, pero que podía ver y comunicar lo que veía a su alrededor, y que siempre consideró que aquello era algo que debía defender más allá de los convencionalismos de su época o contexto.

Al pensar en su figura, queda bastante lejos cualquier idea de una indebida apropiación cultural (no existe adueñamiento, ni ridiculización, ni búsqueda de réditos): es bastante claro que su afán es el estudio, el descubrimiento y el realce de una expresión rica en matices como es la música peruana, en pos de un universo propio de interpretación. Como contraparte -debe mencionarse-, su aproximación a estas manifestaciones la hizo recibir el rechazo racista de cierto sector del público, que la descalificaba por dirigir la mirada a otras realidades. Ella es concluyente: «No se entendía que no era un cambio de actitud, sino el desenlace maravilloso de una permanente vigilia y razón auténticamente peruana». (pág. 206)

El leitmotiv en la vida de Alicia Maguiña es aquel: ser en el otro. Es justamente este ejercicio de abarcar al otro el que le otorga la estatura artística que tiene. No es solo una cantautora dúctil en diferentes géneros: ella investiga las distintas expresiones y es única artista en/con aquellas".

Es el vals en Lima, el tondero en Piura, la tunantada en Jauja. Y la constancia: no dejar nunca de aprehender, de absorber los conocimientos y experiencia que cada música entrega. Por eso, no extraña la repetición en el libro de una frase sencilla, pero ciertamente clarificadora: «Crecí entre cantos en Ica y después en todas partes».

Ser en el otro. Acaso el más grande aporte en la obra de Alicia Maguiña radique en esa necesidad imperiosa de confluir de forma honesta con los demás. Y por nuestra parte, es deber reconocer ese camino y, por qué no, intentar también entender este suelo que estamos todos pisando.

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