Las armas de Fernando

Todo empezó como jugando

Todo empezó como jugando. Mis últimos días de secundaria fueron los que marcaron mi carrera artística. En ese entonces...

Todo empezó como jugando. Mis últimos días de secundaria fueron los que marcaron mi carrera artística. En ese entonces no sabía que el arte de hacer reír sería mi profesión. Yo quería seguir estudios superiores, como lo conversaba con mis amigos de la promoción 1982 Pedro A. Labarthe.

En ese último año, luego de insistir para que me coloquen en el programa de celebraciones y actuación central por el Día de la madre, Día del padre, aniversario del colegio; y luego de varias

"choteadas"  del comité organizador, me dieron la oportunidad de subir al escenario del colegio. Estaba toda la plana docente y todos los alumnos.

Yo ya hacía imitaciones de  las voces de los profesores, autoridades de la provincia, y personajes de la TV que eran caracterizados por mis referentes como Rossini, Álvarez, Gámez y Benavides. Yo repetía algunos chistes de ellos y otros eran mi creación. Lo sorprendente fue que, luego de realizar una rutina de imitaciones por una hora, creo, y  hacer reír a todo el plantel, bajé del escenario en medio de aplausos de los profesores que se pusieron de pie y… bueno, la verdad es que todo el plantel se puso de pie, porque los alumnos siempre estábamos parados en la formación.

Parecía que yo había logrado una hazaña, porque llegué a mi sección y me levantaron como si fuera un entrenador ganador de un campeonato. Mientras me tenían cargado yo temía romperme otra pierna. Fue muy bonito ese momento. Luego, un profesor de arte me invitó a una peña para actuar. No me pagó, pero yo feliz de salir al escenario. Luego vinieron algunas invitaciones a recitales, teatros y verbenas. Solo recibía elogios y aplausos, nunca plata. Eso no me importaba. Yo era feliz haciendo reír. Por mi deseo de superación y creer que en Lima haría una carrera profesional, mi papá me llevó a  la capital en un camión. Era la época del fenómeno de El niño, año 1982 - 1983.

Llegué a Lima a punto de cumplir 18 años. Fui a la casa de mi hermana Yolanda, que vivía en Naranjal. Yolanda estaba casada con un cusqueño llamado Casiano Balsa. Él era el vigilante de una service y mi hermana era ama de casa. Bueno, era la única hermana que vivía en Lima y mi papá le dijo: “Hija, acá traigo a Fernando, ya terminó sus estudios, apóyalo acá”.

Mi hermana me dio una lección de responsabilidad y sacrificio, pasé 15 días en que fui un empleado del hogar y para mantenerme en su casa mi hermana me dijo: “Hermano, mi esposo me mantiene a mí y mis dos  hijos, así que tienes que ver tu manutención. Puedes dormir acá, pero tienes que hacer algo para tu comida”.

 Fue así que la posibilidad de seguir estudios superiores se iba esfumando. Hice amigos que hasta hoy lo son en el barrio de la “U” de Naranjal. Yo actuaba en el parque del barrio. Me presenté en “Trampolín a la fama”.  Gané zapatillas, pintura, jamonada “La moderna” y una cama Comodoy. También salí a  vender: sí, a vender, a trabajar. Vendía lo que siempre vi en mi casa: la artesanía de madera que mi familia producía. Primero como empleado de una prima que ponía su puesto en las ferias artesanales. De día vendía la mercadería que no era mía, así que tenía que dormir debajo de unas tablas, los 15 días de feria, en parques de  Lima y provincia, como la  Plaza Manco Capac,  para cuidar los productos. Recibía un sueldo y yo me ganaba alguito más, porque aumentaba los precios. Claro, sin perder la venta. Por eso mi prima me envió a Arequipa y Cusco. Viajé en carguero, tren y camión nuevamente.

Yo estaba feliz, porque siempre tuve un espíritu alegre y sabía que estaba haciendo cosas buenas sin perder el buen humor. Llegué a tener mi capital y compré mis artículos para poder venderlos como ambulante en el Mercado de Magdalena. Durante un año vendí en el suelo mis artesanías.

En fechas como el Día de la madre hasta tenía un colaborador. Lo ubicaba en otro sector para que también venda y así tenía una especie de sucursal.

Yo no llegaba a la casa de mi hermana con las manos vacías. Me sentía responsable de mi avance. Sabía que era necesario ser metódico en los gastos y responsable con el capital, pero lo más importante es que uno nunca debe olvidarse de sus orígenes, que son la base para sentirse fuerte en las batallas que te presenta la vida. Hoy paso por el mismo lugar, a bordo de mi camioneta, y agradezco a Dios por todas las cosas que he pasado. Supe afrontarlas y superarlas con la confianza en mí mismo.