Las armas de Fernando

Lo importante son las decisiones

La perseverancia y las ganas de salir adelante como estrategia para triunfar. Fernando Armas nos sorprende con un motivador artículo donde destaca todo lo que tuvo que pasar para hacerse un lugar en el corazón de los peruanos.

Andaba por los 24 años. Cuando viajaba a Lima mis apariciones esporádicas en ‘Trampolín a la fama’ eran para ganar pantalla y ganarme alguito. Sabía que iba a ganar, no solo zapatillas o una mesita comodoy. Sabía que estaba ganando popularidad en mi región. Eso me servía para ser reconocido como un comediante e imitador regional. Tumbes, Talara, Piura, Sullana, y mi región: Lambayeque, sabían de mi arte de hacer reír. Me iba a las ferias que se hacían en estadios, coliseos, etcétera.

Viajaba solo y retornaba a mi casa. Les contaba a mis 10 hermanos mis travesías. Ellos se reían conmigo mientras yo ganaba algunos solcitos que servían para mis gastos. Los gastos de un muchacho de 24 años, que quería seguir avanzando. Por eso ingresé al Instituto República Federal Alemana. Conseguí una vacante allí para estudiar Administración de Empresas, dando el examen de admisión. Era la gran oportunidad que buscaba para tener una carrera profesional.

¡Nando! - dijo mi hermana Nicolasa - escuché tu nombre en la radio cuando anunciaron a los admitidos para el instituto. ¡Oh, gracias hermana! -  le dije - y me fui a celebrar. Estudiar administración me sirvió de mucho. Lo poco que estudié lo aplico en mi vida: yo soy mi propia empresa, me organizo, creo mis proyectos, planifico y ejecuto. En las aulas del instituto, las primeras víctimas de mis imitaciones eran los profes. El salón se divertía y yo, como era muy amiguero, conseguí hinchas rápidamente.

Aquí va una anécdota de esa etapa de mi vida: como  estudiábamos en la noche y en clase ya éramos adultos, nos íbamos a la bodega del frente. Ahí, entre copas, yo era el centro de la atención, al punto que el dueño de la bodega se unía a nosotros. ¡Teníamos local y liquidez a puerta cerrada! Incluso un día un amigo me pidió que le enseñara a imitar para tomar gratis  (jajaja).

Mi vida transcurría entre los trabajos con mi familia. Seguía vendiendo artesanía en Chiclayo, Trujillo y Lima; estudiaba administración y actuaba en diferentes lugares norteños. Un día, un profesor con quien iba caminando me dijo:

-¿Por qué no te vas a Lima a trabajar en lo que más sabes hacer? – preguntó.

-No, ya hay genios de la imitación… y no, no creo - respondí. Fue la única vez que no creí en mí.

Después, Lima me devolvió a mi Chiclayo con tifoidea y terminé maldiciendo, diciendo que jamás regresaría y menos a vivir. Seguía ganando dinero (no era mucho pero para mí significaba bastante). Cuando estudiaba los empresarios me iban a ver, e interrumpan la clase. -¡Fernando Armas, lo buscan!- solía escuchar cuando estaba en el aula. Yo salía y una vez alguien me dijo: Fernandito toma te dejo 100 soles para un show que tenemos en Talara. Otro tras saludarme me comentó: Fernandito toma 50 soles hay una peñita. Un día al regresar a mi casa pensando en lo que me recomendó el profesor me dije: ¿Por qué no? Si soy tan bueno acá, que la gente ríe conmigo, ¿por qué no a nivel nacional? ¡A ver qué tan bueno eres Fernando Armas!, me dije.

Pero había un problema y grande: al ya no tener familia en Lima, tenía que costear mis pasajes y estadía por lo menos para 15 días, que era el tiempo como para desengañarme y descubrir si funcionaba o no. Así hice mi primer concierto de humor en el teatro de la Beneficencia Pública, antes cine Dos de mayo. Con el apoyo de mi profesor de arte llené el teatro chiclayano.
Con lo que gané compré un televisor de ‘tercera mano’, ¡porque de segunda definitivamente no era!  Luego, con un capital de 150 o 200 soles viajé a Lima. Así, un día de abril de 1990 llegué  a Lima, concretamente a la habitación de mi amigo y vecino Manuel Asmat,  a quien un día en Chiclayo le dije:
-Amigo, si un día voy a probar suerte a Lima me recibirías en tu depa.

-¡Claro que sí!- me dijo aquella vez.

 Y ahí estaba ahora, con 200 soles en el bolsillo, 2 pantalones, 3 polos y muchos sueños, muchos personajes, y el autógrafo que me regaló  Augusto Ferrando.

Me paré en ‘La esquina de la televisión’ (Canal 5). La primera semana solo veía como ingresaban los artistas al canal. Yo seguía parado en esa esquina de la avenida Arequipa y logré hablar con el ‘jefecito’ Antonio Salim. Le digo: -Señor, disculpe, ¿con quién puedo hablar para hacer mi prueba de imitación? -He visto que están queriendo imitadores, -me dijo muy amable- con un dientón, cabeza blanca, el ‘conejo’ Guille. Así que, tomando valor, a la siguiente semana y sabiendo qué día estaban los artistas de ‘Risas y Salsa’, me acerqué a la puerta del canal.

En recepción me preguntaron a quién buscaba.  ­-Al señor Guillermo Guille- respondí.

-¡No!- me dijeron - Guille no recibe periodistas.

-No -repliqué- no soy periodista, soy imitador.

 -Ah, sí. A ver, voy a ver si te recibe- me indicaron.

Así, Dios me empezó a abrir puertas, Guille me recibió. Con el director de TV, Moisés Choik, quien me reconoció porque él era también director de Trampolín a la fama, empecé a hacer un casting.

-¿Qué sabes hacer? -me preguntó Guille con acento argentino.

-Yo, señor, traigo esto -y le saqué el papel escrito por Augusto Ferrando que decía: "Sigue adelante, Fernando, que serás el orgullo de tu tierra".

Así empecé a hacer imitación tras imitación. Vi a Guille sonreír, y dijo las palabras mágicas:

-¡Sí, puede ser!, quédate en el programa, mira y aprende.

 

Fue así que un 20 de abril de 1990 ingresé a la televisión peruana, dejando a mi Chiclayo, mis 10 hermanos, mi padre, mis amigos, mis estudios, y el amor de mi vida: mi futura esposa y madre de mis 2 hijos. La decisión estaba tomada: quería ser artista cómico, imitador. Llegué a Lima para triunfar, hacerme un nombre, divertir al público y lograr el éxito. Ya han pasado 24 años y sigo acá trabajando a diario. ¡Sí se puede!