Las armas de Fernando

Fernando VIII

Mi padre vio la luz por primera vez en Cajamarca. El ser un hombre de campo y de pocas posibilidades de desarrollo cultural, no limitó su formación en valores...

Mi padre vio la luz por primera vez en Cajamarca. El ser un hombre de campo y de pocas posibilidades de desarrollo cultural, no limitó su formación en valores y su dedicación constante a su taller de artesanía.  Hoy, cuando lo veo a sus 86 años y pronuncio su nombre no puedo evitar recordar aquellos días en los que encabezaba la larga mesa de 13 sillas que teníamos en la casa de Chiclayo. Sí. En casa éramos 13. Mis padres y mis 11 hermanos. Era de aquellos tiempos en los que tener 11 hijos era normal y no sorprendía.  Y la verdad es que esto no era para nada negativo, porque con esa cantidad de hermanos no necesitaba de amigos. Ellos me bastaban para jugar.

Yo era el hijo número ocho, Fernando VIII, el flaquito, esmirriado y hasta cadavérico hijo de la familia Armas Carlos. Esas condiciones físicas no me ayudaron mucho. Como muestra un botón. Estaba cursando el tercer año de secundaria en el colegio Pedro A. Labarthe. Era de esos días en los que estás obligado a hacer deporte. En mi clase de educación física  intenté  hacer el típico salto triple sobre la loza, pero ni siquiera terminé el primer impulso y el sonido de mis huesos ya se estaba mezclando con mis gritos. Se me partió el fémur de la pierna derecha. En el hospital no podían operarme porque tenía baja la hemoglobina, así que tuvimos que recurrir al huesero, quien ya me había tratado algunas otras tantas veces. Sí, era un chico descalcificado.

Ese día volvió a mi mente la imagen de mi madre- quien había fallecido hace un tiempo de cáncer- corriendo tras de mí todos los días para que tomara la leche. No me gustaba la leche y huía de ella ocultándome debajo de esa larga mesa que compartíamos en familia.

El huesero me mandó tres meses a la cama y todo el calcio que no había ingerido en 14 años. En esos meses sentía que los días pasaban lentos y a pesar de que mis compañeros me ayudaban a estar al día con las clases, no podía evitar sentir que perdería el año. Ya con la pierna curada y un palo de escoba por bastón regresé al colegio. Los profesores me dijeron que me darían la oportunidad de avanzar y que si aprobaba el periodo siguiente de cada curso, harían que esa nota tenga validez para el periodo en el que había estado ausente. Esta fue una gran oportunidad que no desaproveché. Así que hice mi gran salto triple en conocimiento y aprobé todos mis cursos. Hoy más que nunca estoy seguro de que esa constancia y esa fuerza para superar las dificultades las tomé de mi padre. Es que él me enseñó que aunque caiga, nunca debía perder la fe y la constancia para levantarme y caminar. Siempre hay posibilidades. Llegado el momento, la vida te da revanchas y es ese el momento en que debe salir el corazón guerrero, pues las batallas se ganan con esfuerzo, la clave del éxito está en confiar en uno mismo. Ya ven, yo soy Fernando VIII y nunca dejo mis armas.

¿Y ustedes qué batallas han superado?

Por: Fernando Armas