Las armas de Fernando

El comediante y dos ingenieros: una historia de crecimiento

Nunca hay que bajar los brazos cuando uno quiere superarse.

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Publicado 09 de Enero

A la vida hay que enfrentarla con actitud y con una sonrisa
A la vida hay que enfrentarla con actitud y con una sonrisa A la vida hay que enfrentarla con actitud y con una sonrisa

Jorge y Manuel son dos vecinos míos, más conocidos como Koki y Pocho. Son hijos de padres trabajadores, poseen un corazón solidario y siempre les estaré agradecido. Hoy les contaré mi experiencia con ellos y sobre cómo me ayudaron a crecer.

Una tarde de los años 90, allá en Chiclayo, luego de jugar un partido de fulbito, le pregunté a Pocho si podría alojarme en su depa (un cuartito) si es que algún día yo llegaba a Lima. En ese tiempo pensaba en ir al programa Risas y salsa para que me hagan una prueba. Recuerdo claramente que Pocho me respondió sin titubear que sí.

Unos años más tarde, un lunes de abril a las 8 a.m. en la Urbanización Ingeniería se escuchaba en la avenida Túpac Amaru el bullicio de los claxon y los gritos de cobradores desesperados por ganar pasajeros. La premura del tiempo era tal, que muchos viajaban apretados y otros, incluso, colgados del estribo de los buses. Yo, estaba esperando a mi amigo Pocho, sentado en una acera, con un maletín en la mano cargado de ilusiones y asombrado del trajín de una Lima, que me propuse conquistar.

Creo que Pocho jamás imaginó que ese muchacho sentado frente a su casa era su vecino de Chiclayo. En cuanto lo vi, lo saludé y le dije:
-¡Pocho, amigo, he venido a cumplir mi sueño!
-Para que duermas, jajaja  - me contestó y reímos -
-No, - le dije - mi sueño de hacerme un nombre en Lima, capital del Perú.

Viví en su hogar por un año y medio. Era un lugar pequeño, con un camarote, una mesa de escritorio, una hornilla eléctrica, que era nuestra cocina, una tetera, una plancha, una televisión y muchos libros de ingeniería.

En el hogar de Pocho vería la primera computadora en mi vida y también conocí a su hermano Koki. Pocho y Koki estudiaban ingeniería en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) y cuando me instalé con ellos me dijeron: 

-Fernando, estás en tu casa. Tú avanza en lo tuyo y no te preocupes por el resto.

Y así fue. Nunca me dejaron pagar un sol por el alquiler, yo me hice amigo de sus amigos. Fui testigo de cómo ambos se la pasaban estudiando y esforzándose, por aprender lo que a ellos les gustaba: Koki ingeniería civil y Pocho ingeniería electrónica. Yo, por supuesto, comedia en la televisión.

Con Koko y Pochi aprendí lo importante que es la disciplina cuando uno quiere crecer, también descubrí que todos los días uno aprende algo nuevo. Ellos con sus planos, trazos, papeles llenos de números y yo pasando mis días entre risas y experiencias nuevas en televisión.

Yo sentía que tenía que crecer a la par con ellos. Realmente era un buen ejemplo estar al lado de dos capos en los estudios y hasta sentí que quería ingresar a la UNÍ también. De hecho, ellos me llevaron a estudiar computación, me presentaron a sus amigos, a sus profesores, hasta comía en los restaurantes de la UNI en tiempos en que estaban tomados por el MRTA y Sendero Luminoso. Allí cada grupo subversivo, cuando tenía a cargo el comedor, lanzaba sus arengas y yo cerraba los ojos asustado y decía - ¡Ahorita me levantan!

En esa época nadie me conocía aún. Si bien ya salía en televisión (Risas y salsa 1990 -1992) no era popular, pero mis amigos se encargaban de publicitarme frente a sus compañeros y yo tenía que demostrarlo en cualquier reunión. Terminaba robándoles carcajadas y sonrisas a todos. Comía, jugaba fulbito y estudiaba algunas veces en la UNI. Ellos siempre me prestaban su carnet para poder ingresar al recinto. Así transcurrió año y medio, compartiendo experiencias pero siempre con el ánimo de crecer, ellos en estudio científico y yo actuando en televisión.

Hoy les digo que haber estado al lado de los hermanos Pocho y Koky Asmat me ayudó a que sea una persona de aprendizaje constante, me enseñaron a saber usar mi tiempo, impulsaron en mi las ganas de aprender más para ayudar al prójimo, de dar la mano al que lo necesita, de esforzarse para ser un profesional.

Muchas veces solo comíamos chinguirito y caballa salada que nos enviaban de Chiclayo, pero no importaba. Compartir con ellos una sola comida al día, ser testigo de sus amanecidas estudiando hizo que me contagiaran esa actitud luchadora. Es un valor que nunca olvidaré, el ejemplo que me dieron es que nunca hay que bajar los brazos cuando uno quiere superarse, nadie sabe lo que uno puede pasar en la vida, pero a la vida hay que enfrentarla con actitud y con una sonrisa.

Los tres pasamos vicisitudes, pero siempre íbamos a cumplir con nuestros roles. Hoy puedo decirles a mis promociones, ¡Gracias por su apoyo incondicional y felicitaciones por ser unos excelentes profesionales! ¡Señor ingeniero electrónico Manuel Pocho Asmat y señor ingeniero civil Jorge Koky Asmat, sus consejos fueron de patas, seguimos aprendiendo!

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